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Testimonio de un docente con Altas Capacidades

La primera vez que escuché a alguien decir de mí que tenía altas capacidades (o que era superdotado, como se decía entonces) fue hace 21 años

: con 6 años acababan de adelantarme un curso, de preescolar a 2º de Primaria, en un colegio público de Cádiz capital, y me habían separado de mis compañeros y compañeras de clase, para recalar en una clase totalmente nueva. Ese primer día de clase la maestra, al pasar lista, se detuvo al leer en voz alta mi nombre: “Manuel Antonio Domínguez, ah, tú eres el superdotado, ¿no? Te esperaba gordito y con gafas”. Toda la clase se rió, y en ese momento supe que adaptarme al cambio iba a ser difícil.

 

En el colegio la primera impresión externa fue muy negativa y para nada aislada: todos los comentarios hacia mis capacidades eran en forma de burla, con mayor o menor intención de hacer daño, pero me señalaban con connotaciones negativas. Sin embargo, antes de que esto ocurriera, antes de que se produjera el salto de curso y la consecuente señalación pública, sí que encajaba en mi grupo de iguales, con amigos y amigas que no tenían hacia mí un trato especial: jugaba, me divertía con ellos y ellas, y además veía las actividades como un reto, como si todo fuera un juego; a veces la maestra de preescolar me decía que tenía que salir de clase con un hombre que iba a ponerme puzles, y yo salía encantado porque disfrutaba haciéndolos (en aquel momento no era consciente de que eran pruebas de inteligencia). De hecho, valoraba positivamente estas cualidades, ya que siempre terminaba primero las actividades y por tanto podía acceder a una parte de la clase donde había una estantería con juguetes; pero al adelantarme el curso y ser señalado por la “autoridad”, comencé a ver estas capacidades como algo que me separaba más del grupo y que me reportaba más mal que bien. Para un chaval de 6 años, dominar las habilidades sociales necesarias para afrontar cambios y situaciones adversas es algo casi inverosímil, por lo que opté por ocultar y callarme la mayor parte de mis comentarios en clase, así como las preguntas y respuestas; si la maestra hacía una pregunta y nadie respondía, ella me señalaba diciendo “venga, responde, que tú eres superdotado, tienes que saberlo”.

 

Para mí, la escuela fue algo divertido hasta ese momento. En casa, sin embargo, sí que fue siempre todo positivo: mi madre y mi padre compaginaban sus trabajos con horas y horas de juegos, ya fuera montar un puzle, construir algo con piezas de Lego, dibujar, colorear, escribir cuentos, o jugar en familia a juegos de mesa tipo Cluedo; con ellos no tenía que fingir ni ocultar nada, y al tener tanta inquietud por la música y el teatro, me llevaban con ellos a espectáculos y eventos, por lo que nuestra relación ha sido y sigue siendo muy estrecha y fuerte. También influyó positivamente una asociación provincial de estudiantes con altas capacidades, donde interactué con compañeros y compañeras con características similares y disfruté con los cursos que se impartían.

 

Al año siguiente, debido al trabajo de mi madre, tuvimos que mudarnos a un pueblo de la provincia, y recalé en otro colegio público. Al ser un cambio tan drástico, las altas capacidades no destacaban tanto en comparación a ser de otra ciudad, tener otro acento… Conseguí adaptarme relativamente bien, aunque también recuerdo episodios en los que los profesores me expusieron ante mis propios compañeros para dejarlos en evidencia.

 

Tras esto, vuelta a Cádiz capital y nuevo colegio. Era mi cuarto grupo de clase en cuatro años, y esto provocaba que no llegara a encajar plenamente en ninguno de ellos, aunque en este tuve más estabilidad ya que la base se conservó hasta entrar en el instituto. El año de 4º de Primaria lo recuerdo con mucho cariño, ya que los maestros y maestras sí que hicieron lo posible por sensibilizar a mis compañeros y fomentar mi adaptación, y fue en este curso donde entablé relaciones de amistad que perduran hasta la actualidad. Se sucedieron los años y entré en el instituto; era un centro público que se encontraba de capa caída, en un entorno socioeconómico bajo y con un alumnado conflictivo. En el segundo año de secundaria se empezó en el centro un plan para mejorar la convivencia en todos los niveles, y se implicó al alumnado de forma directa; tuve el apoyo de mis compañeros y compañeras para ser uno de los representantes de este movimiento, y en 4 años el centro pasó de dar miedo (dicho por alumnado, profesorado y vecindario) a ganar el premio a la convivencia a nivel nacional, y tuve la suerte de vivir este cambio y la integración fue más que satisfactoria. Además, el trabajo emocional que se hizo en esta etapa me sirvió para perfilar el aspecto social del que carecía, fomentando en mí la empatía y la autoestima.

 

En el tercer año de instituto me seleccionaron para un proyecto educativo a nivel andaluz que fomentaba el estímulo matemático, con 25 plazas; era un curso de 2 años (que al final fueron 3) donde se cultivaban y desarrollaban habilidades matemáticas, y se impartía los sábados alternos en la Universidad de Sevilla, con docentes de la misma universidad y de diversos colectivos. Pese al esfuerzo que implicaba tener que desplazarnos (tanto yo como mis padres) a Sevilla cada dos fines de semana, fue la etapa más prolífica en cuanto a mi pasión por las matemáticas, ya que planteaban problemas y retos desde un punto de vista muy didáctico, con aprendizaje por descubrimiento e investigación.

Desde bachillerato ya tenía claro que quería estudiar la carrera de Matemáticas, y además quería enfocarlo laboralmente a la educación, influido notablemente por mi madre, por mi profesor de matemáticas del instituto, y por el programa de estímulo matemático: fue entonces cuando comencé a impartir clases de matemáticas, primero como una distracción un una ayuda a mis amigos y amigas, y después como un camino real para obtener independencia económica. Durante la licenciatura noté lo importante que era mi motivación en las tareas que emprendía: el desinterés y la despersonalización del profesorado de la universidad provocaron que poco a poco fuera cayendo en la rutina, y algo que me gustaba pasó a ser una losa, tanto es así que en la recta final de la carrera me planteé la posibilidad real de dejarla aparcada para retomarla en años posteriores; afortunadamente logré terminarla con éxito y continué con mi plan hacia la docencia, accediendo al máster de educación.

 

Tras varios meses en Groningen (Países Bajos) colaborando con un equipo de astrofísica, regreso a Cádiz para retomar las clases particulares y las oposiciones de docente de secundaria, cuando llega a mí una oferta del Programa Talentum, buscando docente para que imparta sesiones de matemáticas a estudiantes de primaria y secundaria de altas capacidades; al haber sido alumno de estas características, estoy especialmente sensibilizado con este tipo de alumnado, por lo que considero que el puesto está hecho a medida para mí, y decido aceptarlo.

 

La situación al entrar en un aula con estudiantes de altas capacidades me es familiar: por un lado me veo reflejado en muchos de estos estudiantes, pero también soy consciente del papel que juego de cara a su motivación. Pienso que una persona que se dedica a la enseñanza tiene que tener pasión por su materia y por enseñar, por motivar, y sobre todo, tener siempre en cuenta que se trabaja con personitas en formación en todos los aspectos, y todo lo que hagas y digas se tendrá en cuenta en el aula y les marcará para bien o para mal. Pero si además el alumnado es de altas capacidades, esa sensación de responsabilidad se multiplica: al tratarse de estudiantes con más inquietud o interés que el resto, van a demandar más implicación tanto en conocimientos como en cercanía; a veces es difícil trabajar con un grupo entero de estudiantes con altas capacidades, ya que en primer lugar cada uno y cada una tiene unas características específicas, pero además las habilidades sociales juegan un papel crucial: se encuentran en un entorno a menudo hostil en el que no pueden expresarse libremente, y lo que debería ser una ayuda se convierte en su peor enemigo. En mis clases con altas capacidades, intento dejar claro que el protagonismo lo tienen ellos y ellas, y que el verdadero aprendizaje, el significativo, pasa a través de la diversión y la motivación. Aparece también muchas veces el sentimiento de competitividad que tanto se inculca en nuestra sociedad: puede que no les valga alcanzar un objetivo, por muy difícil que sea, si alguien en la clase lo ha conseguido antes, y eso puede derivar en frustraciones y desinterés.

 

Fuente: Talentum

14/02/2018

Posted in: Sin categoría

Comments (One Response )

  1. Sonia - 27 septiembre, 2018 - 10:08 am #

    Un valiosísimo testimonio, con las luces y las sombras que conlleva este don, un regalo que nos hace ver las cosas que nos rodean con una claridad y una ilusión difíciles de ocultar. Me alegro de ver cómo hoy en día lo «diferente» por fin empieza a no resultar negativo. Mis hijos están teniendo la suerte de no vivir estigmatizados, pero doy fe de que no siempre fue así. Los docentes tienen una gran labor para que la empatía y la solidaridad fluya por sus aulas.
    Gracias por contarnos tu experiencia.
    Saludos.

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